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Suscribirme gratis¿Cuándo fue la última vez que algo te hizo sentir pequeña o pequeño, pero en paz, y qué pasaría si te dejaras encontrar por algo así hoy?
Dacher Keltner, un psicólogo que lleva años estudiando el asombro, lo describe como la emoción que aparece cuando nos topamos con algo tan vasto que nuestra manera habitual de entender el mundo no alcanza. Y encontró algo curioso: en esos momentos, la voz que se pasa el día evaluándonos baja el volumen. Lo llama el «yo pequeño»: no un yo disminuido, sino un yo que deja de estar en el centro de cada escena.
Esto importa porque gran parte del malestar cotidiano viene de quedar encerrados en nuestra propia cabeza: la lista de pendientes, lo que dijo fulano, lo que no llegamos a hacer. No es un defecto; es lo que hace una mente que quiere cuidarnos. Pero cuando todo pasa por el yo, hasta un problema mediano se vuelve gigante. El asombro no lo resuelve, pero le devuelve proporción. Y con la proporción suele volver algo parecido a la esperanza: el mundo es más grande que esta semana.
Lo lindo es que no hace falta viajar a una montaña. Puede ser la luz de las siete de la mañana sobre una medianera, un árbol que ya estaba antes que vos, el cielo enorme de Uruguay cuando se despeja. Algunos estudios sobre caminatas de asombro sugieren que lo que cuenta es la atención con la que miramos, no la espectacularidad del paisaje.
Hoy, en un viernes que quizás llegue cansado, probá regalarte ese minuto. No para sentirte mejor a la fuerza, sino para recordar que formás parte de algo más grande, y que ese algo también te sostiene cuando no lo notás.
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