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Suscribirme gratis¿Qué máscara llevás puesta hace tanto tiempo que ya casi no recordás cómo se siente la cara sin ella?
Jung llamó «persona» a esa cara que le mostramos al mundo, y la palabra viene del teatro latino: era la máscara del actor. No la pensaba como un defecto. Una persona flexible es necesaria para trabajar, para criar, para cruzarte con los vecinos en el ascensor. El problema aparece cuando nos identificamos tanto con el papel que olvidamos que lo estamos interpretando.
Esa fusión suele sentirse como un cansancio difuso, como un «no sé qué me pasa» que no se arregla durmiendo más. Buena parte de la energía se va en sostener la imagen: parecer firme, parecer simpático, parecer que todo está bajo control. Para Jung, el camino de la individuación pasa por distinguir lo que mostramos de lo que somos, sin tirar ninguna de las dos cosas.
Pensá en alguien que en el trabajo es «el que resuelve todo» y llega a casa sin poder pedirle ayuda ni a su pareja. No hace falta que renuncie al rol; alcanza con aflojarlo un poco, con un «hoy me cuesta». Cada vez que lo hace descubre algo valioso: el vínculo aguanta, y muchas veces se vuelve más cercano, porque por fin hay una persona de verdad del otro lado.
Por eso el disfraz de hoy puede ser un maestro amable. Nos recuerda que podemos ponernos y sacarnos cosas, que hay lugar para el juego, que la identidad no se rompe si la tratamos con ligereza. Y que debajo de cada personaje hay alguien que no necesita aprobación para estar a salvo del cariño de los demás ni del propio.
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