«Al ser humano se le puede quitar casi todo, menos el último de los derechos humanos: elegir la propia actitud ante cualquier circunstancia.»
Viktor Frankl
Reflexión
¿Qué actitud estás eligiendo hoy ante lo que no podés controlar? ¿Es la que querés elegir?
Para profundizar
Frankl escribió esta frase desde la experiencia de los campos de concentración, y conviene leerla con respeto. No dice que elegir una actitud borre el dolor, ni que todo ocurra por una razón luminosa. Dice algo más austero: aun cuando el margen de acción exterior se reduce casi a nada, queda un espacio interior que no se puede confiscar del todo.
Para la logoterapia, el sentido de la vida puede encontrarse por tres caminos: lo que hacemos o creamos, lo que recibimos o amamos, y la postura que tomamos frente a un sufrimiento inevitable. Esta tercera vía es la que está en juego acá. Frankl fue claro en un punto: si un sufrimiento se puede evitar, lo sensato es cambiarlo. Aguantar lo innecesario no es nobleza. La actitud empieza a importar justo donde ya no hay nada que modificar afuera.
Pensá en alguien que cuida a su padre mayor, cuya salud se deteriora semana a semana. No puede frenar ese proceso. Siente cansancio, enojo, una tristeza que no le cabe en el cuerpo, y todo eso es legítimo. Pero dentro de ese marco, algo sigue abierto: puede cuidar desde la amargura que se endurece o desde un cariño agotado pero presente; puede pedir ayuda o encerrarse; puede sentarse a escuchar una historia repetida o hacerlo todo con la cabeza en otra parte. Ninguna de esas opciones elimina la pérdida, pero cada una cambia cómo la atraviesa.
Vale una aclaración: una actitud no es una emoción que se fuerza ni una sonrisa de compromiso. Se parece más a una dirección que a un estado de ánimo. Podés estar roto por dentro y, aun así, orientarte hacia lo que te importa, aunque sea con un gesto mínimo. Esa pequeña libertad no pide heroísmo, apenas honestidad sobre dónde estás parado y hacia dónde querés inclinarte.
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