«Tus fortalezas no son lo que te impide caer. Son el combustible que hace que te levantes cada vez más entero.»
Reflexión
¿Cuándo fue la última vez que usaste deliberadamente tu mayor fortaleza? ¿Qué salió diferente?
Para profundizar
Hay una idea sencilla y bastante revolucionaria en la psicología positiva de Martin Seligman: durante décadas la psicología se ocupó casi solo de reparar lo que está roto, y él propuso mirar también lo que ya funciona en cada persona. Junto a Christopher Peterson estudió las fortalezas de carácter: la curiosidad, la gratitud, la honestidad, el coraje, la bondad y otras, que aparecen en culturas y épocas muy distintas como lo mejor de lo humano.
Fijate que no se trata de volverse invulnerable. Una fortaleza no te ahorra los golpes; te da un modo propio de atravesarlos. Quien tiene sentido del humor encuentra una rendija de aire hasta en la peor semana. Quien ama aprender se pregunta qué le está enseñando esto, sin negar el dolor. Quien tiene perseverancia da el paso siguiente, aunque sea chiquito. Las fortalezas son menos un escudo que una manera de caminar.
Imaginá a alguien con mucha bondad que llega agotada después de días pesados. En vez de encerrarse, le lleva unos mates a una vecina que vive sola. No resuelve nada del trabajo, pero algo adentro se acomoda: vuelve a sentirse ella misma. Eso es lo que Seligman describe cuando habla de una vida con más compromiso y sentido: momentos en que lo que hacés coincide con lo que sos. En sus primeras investigaciones, usar una fortaleza personal de maneras nuevas durante una semana se asoció con un mayor bienestar que se mantuvo durante meses.
Quizás lo más tierno de todo es que tu fortaleza no hay que fabricarla. Ya está en vos, probablemente desde hace años, a veces tan natural que ni la notás. Reconocerla es empezar a tratarte como alguien con recursos, y no como un problema por resolver.
Práctica del día
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