«Hay una dimensión en ti que ningún dolor ha podido alcanzar. Siempre estuvo ahí. Siempre estará.»
Reflexión
¿Podés recordar un momento en tu vida en que, a pesar del dolor, sentiste que algo en vos permanecía intacto?
Para profundizar
Hubo un momento en que Abraham Maslow se cansó de una psicología que solo miraba lo que se rompe. Quiso estudiar también lo que florece, y se puso a escuchar a personas que describían instantes de plenitud inesperada: asombro, gratitud, una sensación de estar en el lugar justo. Les puso un nombre, experiencias cumbre. Lo más llamativo es que no les ocurrían solo a místicos ni a gente excepcional. Aparecían en una cocina, con una canción, mirando dormir a un hijo.
Más adelante, hacia el final de su vida, Maslow habló de la autotrascendencia: la vivencia de formar parte de algo más amplio que el propio yo. De esa intuición creció la psicología transpersonal, que sostiene algo simple y hondo: una persona es más que sus síntomas, su historia y los roles que le tocan. El dolor es real y merece todo el respeto. Pero no es la totalidad de quien sos, y tampoco la última palabra.
Pensá en una tarde de lluvia cualquiera. Tenés la cabeza llena de pendientes, ponés el agua para el mate y, por un segundo, escuchás el burbujeo y ves el vapor subir. Algo se aquieta. No se resolvió ninguna preocupación, pero en ese instante hubo alguien más grande que la preocupación, mirándola con calma. Eso no fue distracción. Fue un vistazo a una profundidad que siempre estuvo disponible.
No hace falta ninguna creencia para reconocerlo. Alcanza con tratar esos momentos pequeños como pistas y no como casualidades, como señales de que hay en vos un espacio más amplio que lo que te pasa. Quizás no se trate de conquistar esa dimensión, sino de dejar de olvidar que ya te habita. ¿Qué cambiaría en tu día si hoy lo tuvieras presente, aunque sea de fondo?
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