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Suscribirme gratis¿Quién te viene a la mente si dejás de lado por un momento el «¿y si no me responde?»? ¿Qué te gustaría que esa persona supiera hoy?
Las investigaciones del psicólogo Edward Tronick sobre la interacción entre madres y bebés mostraron algo que cambió la mirada sobre los vínculos: incluso en las parejas que se llevan bien, la sintonía se pierde buena parte del tiempo. Lo que construye seguridad no es la armonía constante, sino volver a encontrarse después del desencuentro. Esa experiencia de «se rompió y se arregló» le enseña al cerebro que las relaciones pueden sostener el conflicto.
Esa lógica nos acompaña de adultos. Solemos pensar que un malentendido o un silencio largo son pruebas de que el vínculo se terminó, y la vergüenza o el orgullo nos frenan. Desde la teoría del apego, reparar es un acto de confianza: le decís al otro «vos me importás más que tener razón». Y no exige un discurso perfecto; muchas veces alcanza con un gesto honesto y sin vueltas.
Imaginá a Marta, que discutió con su hermana en un cumpleaños y desde entonces cada una espera que la otra dé el primer paso. Pasan las semanas y el silencio se vuelve más pesado que la discusión misma. Un viernes, Marta le manda una foto de la taza de la casa de la abuela con un «hoy me acordé de vos». La hermana contesta con un audio de tres minutos. No resolvieron todo, pero la puerta volvió a abrirse.
Reparar no es ceder ni borrar lo que dolió: es elegir que el vínculo siga siendo un lugar donde se puede conversar. Y aunque la respuesta tarde o no llegue, el gesto igual te cuida, porque te recuerda quién querés ser. Kristin Neff diría que en ese intento te hables con la misma ternura que le ofrecerías a una amiga: dar el paso ya es un acto de valentía.
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